La Copa Dorada
La Copa Dorada Al decir estas palabras Maggie dirigió una sonrisa a su padre, y, al instante, vio que éste se fijaba en la sonrisa, lo que le permitió hacer pasar su sonrisa por una alusión a aquello de que no había hablado, ni podía hablar. Y esta alusión era muy clara. En aquel momento, Maggie no podía ni siquiera intentar decir a su padre lo que significaría estar en Fawns, o en cualquier otra parte, echándole, a él, en falta. Ahora, esto se hallaba, y de una forma sublime y exaltada, fuera de lo posible, para ellos. Sin embargo, ¿qué estaba haciendo ahora Maggie, mientras esperaban que trajeran al Principino, mientras dejaban solos a los otros dos, y mientras su tensión crecía y les amenazaba, qué estaba haciendo, decíamos, sino ofrecer un audaz e importante mensaje que subsistía a aquel otro que era imposible? Además, lo más extraño, habida cuenta del perceptible efecto de la presencia de Charlotte, era la consciente sinceridad de las palabras de Maggie. Maggie tenía clara conciencia de la sinceridad de sus palabras, y las dijo atribuyéndoles todo su valor:
—Papá, Charlotte, y tú lo sabes, es incomparable.