La Copa Dorada

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—Si no puedes saber de qué has de tener miedo, espera a poder saberlo para tener miedo. Entonces verás cómo todo se desarrolla mucho mejor. 0, por el contrario, si ello presupone esperar demasiado, pregúntaselo a ella. No a mí. A ella, a ella.

Como sabemos, la señora Assingham negaba que su marido fuera capaz de pensar, lo cual le permitió considerar estas observaciones como si se tratara de movimientos físicos sin sentido o de contorsiones nerviosas del rostro. Por costumbre y por amabilidad, hizo caso omiso de ellas. Sin embargo, nadie había en el mundo con quien hablara tan insistentemente de tan íntimos asuntos como con el coronel Assingham.

Como si hablara consigo misma, la señora Assingham musitó:

—Su amistad con Maggie constituye la gran complicación, debido precisamente a lo natural que es.

—Si es una complicación, ¿a qué se debe que Charlotte busque la amistad de Maggie?

La señora Assingham siguió meditando:

—Se debe a que Charlotte odia América. No había sitio para ella allí, no encajaba en el país. Carecía de simpatías allí las gentes con quienes trataba tampoco le tenían simpatía. Además, aquel país es horrorosamente caro. Con sus medios, no podía comenzar a vivir allí. Ni puede hacerlo aquí, salvo con carácter excepcional.


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