La Copa Dorada

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Sin embargo, Fanny Assingham estaba muy lejos de dar por terminado el asunto. Como ella decía, se trataba de una situación con muchas facetas, ninguna de las cuales cabía, en justicia, no considerar.

Luego declaró:

—Y quiero que sepas que no creo que la chica sea mala. No, jamás, jamás pensaré eso de ella.

—Bueno, pues bástete eso.

No, nada le bastaba a la señora Assingham, salvo seguir pensando.

Ahora, dijo:

—No se propone deliberadamente, ni desea conscientemente, plantear la más leve complicación. Es totalmente cierto que, a su juicio, Maggie es un ser adorable. ¿Y quién no piensa así? Charlotte es incapaz de hacerle el menor daño.

Y concluyó:

—Pero aquí está Charlotte y aquí están los otros dos.

El coronel volvió a fumar en silencio durante un rato. Por fin preguntó:

—¿Qué diablos pasó entre esos dos?

—¿Entre Charlotte y el Príncipe? Pues nada… Que se dieron cuenta de que nada podía pasar entre ellos. Ésa fue su pequeña aventura romántica, ésa su pequeña tragedia.

—Pero ¿qué hicieron?


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