La Copa Dorada

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El coronel había escuchado más atentamente de lo que había dado a entender, como se dedujo por el tono en que preguntó:

—¿Para salvarse?

—Bueno y también, a mi parecer, para salvar al Príncipe. Lo comprendí después. Sí, ahora lo veo muy claro. El Príncipe no quería causar daño a Charlotte.

Riendo, el coronel observó:

—¡Por lo general, no se quiere causar daño!

Ella prosiguió:

—De todas maneras, Charlotte huyó. Los dos huyeron. Sí, porque sencillamente tenían que enfrentarse con la realidad. Su matrimonio era imposible y, por ello, cuanto antes pusieran los Apeninos por medio, mejor. Cierto es que tardaron un poco en darse cuenta. Durante todo aquel invierno se vieron constantemente, y no siempre en público. Se vieron mucho más de lo que la gente sabía, aunque se sabía mucho. Desde luego, más de lo que yo imaginaba, aun cuando, si lo hubiera sabido con exactitud, en nada me hubiese afectado. El Príncipe me gustó, me pareció encantador desde el instante en que le conocí. Y, ahora, después de conocerle desde hace más de un año, no ha hecho nada que pueda inducirme a variar de parecer. En consecuencia, tengo fe en él y, al principio, acerté al pensar que tendría fe en él.


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