La edad ingrata

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El señor Mitchett tenía tan escasa apariencia intrínseca que un observador se habría sentido agradecido, por constituir una ayuda para el recuerdo, a la inhabitual protuberancia de sus ojos incoloros y a la gran atención atraída por un mentón tan exageradamente hundido que era casi imposible localizarlo. Ataviado, por otra parte, no como en Londres se atavían los caballeros para presentarle sus respetos a la belleza, despertaba, mediante una exhibición de ropas que no tenían entre sí nada en común excepto la violencia e independencia de criterio, la sospecha de que en una desesperación de humildad deseaba proclamar que había mandado a paseo cualquier esfuerzo por parecer agraciado. De pies a cabeza llevaba escrito que había juzgado su propio caso de una vez por todas y que como su carácter, superficialmente propenso a la jovialidad, lo privaba del recurso a la taciturnidad y la melancolía, al menos podría contar con producir un efecto cómico si se dedicaba a ello con determinación. En consecuencia había comicidad en la forma de su sombrero hongo y el color de su camisa de lunares, en la sistemática discrepancia, sobre todo, entre su abrigo, su chaleco y sus pantalones. Tan sólo tratando con él durante un prolongado periodo de tiempo era posible descubrir que sus diversos modos ingeniosos de admitir su propio adocenamiento lo volvían secretamente insólito.



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