La edad ingrata
La edad ingrata —Es la mejor —repuso ella—, y me cuido de permanecer dentro de ella. Pero tú procuras desplazamos, mediante sobornos, a la clase inferior, porque, con lo orgulloso que eres, te mortifica un poco apreciamos tanto. Pero no pensamos cambiamos de clase (al menos yo no pienso hacerlo). Tal vez sà logres que se cambie Van —continuó maravillosamente—. No hay nada que no estés dispuesto a hacer por él o a darle. —Mitchy la admiró desde su ubicación al tiempo que meneaba lentamente la cabeza—. Él es el hombre (sin fortuna y tal como es, hasta el más nimio pormenor) que te habrÃa gustado ser, a quien envidias intensamente, y sin embargo eres lo bastante magnánimo para realizar casi cualquier sacrificio en su favor.
Verdaderamente el agradecimiento de Mitchy se habÃa abismado en un sonrojo.
—¡MagnÃfica, magnÃfica señora Brook! ¿Qué estás tramando con tantas alharacas?
—Por consiguiente, como digo —prosiguió ella imperturbablemente—, no es para ponerle la zancadilla a Van por lo que ratificas lo que me has dicho hace un momento.
Durante unos instantes el señor Mitchett no ofreció ninguna señal excepto sus colores subidos y su insólita mirada ofendida.
—¿Cómo podrÃa eso ponerle la zancadilla? —inquirió.