La edad ingrata
La edad ingrata —Oh, serÃa una forma, ¿no te das cuenta?, de plantearme la necesidad de protegerme de él. Pues él puede «apreciar» a Nanda tanto como te plazca, pero aun asà nunca, nunca —aseveró la señora Brookenham entrecortadamente—, nunca se portará como es debido. Y sentir esto como yo lo siento —explicó— sólo puede ser, ¿tampoco te das cuenta?, desear salvarla.
Por fin habrÃase dicho que el pobre Mitchy se daba cuenta:
—¿Atajándolo a tiempo? ¿Prohibiéndole a Van la entrada en esta casa?
Ella dio la impresión de moverse con unas pequeñas tijeras de podar en un jardÃn de alternativas:
—O mandándola fuera a ella. ¿Me ayudarás a salvarla? —espetó de nuevo tras un instante—. No es cierto —siguió— que ella sienta aversión alguna hacia ti.
—¿Es que la has acusado de eso? —demandó Mitchy con un valor que se aproximó a una elevada gallardÃa.
Ello inspiró, sobre la marcha, a su interlocutora; y su propia gallardÃa, ahora de una calidad tan excelente como su diplomacia, lo cual es decir mucho, rayó casi a la misma altura:
—SÃ, mi querido amigo: abiertamente.
—Madre mÃa. Entonces ya sé lo que responderÃa ella.