La edad ingrata

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—Lo negó tajantemente.

—Oh sí, es lo que siempre hacen, porque me compadecen —sonrió Mitchy—. Ella diría lo que todos dicen: que el efecto que produzco, aunque al principio resulte espeluznante, poco a poco consiguen acostumbrarse a él. El mundo está lleno de gente que termina acostumbrándose a mí —concluyó el señor Mitchett.

—¡Es lo que yo nunca conseguiré, pues eres extraordinariamente fascinador! —declaró la señora Brookenham—. Si en realidad no te he espoleado más en lo relativo a Nanda —siguió—, ha sido a causa de un escrúpulo de una clase que los del grupo nunca le hacéis a una mujer la justicia de atribuirle. Eres objeto de maquinaciones que más bien tienden a volverte desacostumbrado.

Ante esto, el señor Mitchett se incorporó de un salto; claramente tuvo conciencia de su propio nerviosismo; se apartó con inquietud unos cuantos pasos; luego, con las manos en los bolsillos, atalayó a su anfitriona con un semblante más controlado:

—¿Qué quiere decir la duquesa con eso de que tu hija está (tal como te entendí que reproducías sus palabras hace un rato) «emponzoñada y corrompida»?

La señora Brookenham se le arrimó —literalmente se puso en pie— sonriendo:

—Le vienes pintiparado. ¡Ya sabes que ella querría cazarte para la pequeña Aggie!


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