La edad ingrata
La edad ingrata Dicha jovencita, en este aspecto, ciertamente era una figura como para ofrecer fundamento a las más altas esperanzas. Tan leve y blanca, tan delicadamente preciosa, como una azucena recogida en un jardín, su admirable educación pareció hacerla ofrecerse a todos los presentes como sostenida por las yemas de unos cuidadosos dedos. En cualquier presentación se mostraba, empero, tan poco presumida que, tímida y sumisamente, esperando a recibir alguna indicación, se detuvo en el centro de la general amistosidad hasta que francamente la señora Brookenham, para darle la bienvenida, se convirtió también en una tímida jovencita y extendió una insegura mano con deslumbrada mirada candorosa que dudaba si aventurarse a saludar con un beso. «¡Caramba, mi querida, hermosa, extraña y “arisca” amiguita, llevabas siglos sin aparecer por aquí, pero es una alegría verte, y espero que te hayas traído tu muñeca!»: algo así habría podido ser el sentido del cordial murmullo de nuestra amiga mientras, mirándola de pies a cabeza con vivo placer, conducía a la singular criatura hasta un sofá. La pequeña Aggie presentaba, de pies a cabeza, un arreglo de su atavío perfectamente a tono con su edad, su tez, su enfatizada virginidad. Habríase dicho que había sido adecentada para esta visita por un racimo de monjas vejestorias, enclaustradas hijas de arcaicas instituciones y educadoras de productos similares, cuyo gusto, hereditariamente bueno, se hubiese vuelto, aislado del mundo y en la más deliciosa forma, lo bastante desusado para comunicarle a todo lo que tocaban un peculiar matiz de distinción. La duquesa se había traído junto con la muchacha un aire de seguridad sobreañadida cuyo origen, de inmediato, habría sido identificado por un observador: la asociación de esta pareja les resultaba notablemente beneficiosa a sus dos miembros. La más joven se contagiaba del refinamiento de la presencia de su tía cual una de esas figuras secundarias eficientemente introducidas en los retratos antiguos. Por otra parte, gracias a su sobrina la duquesa semejaba, con una favorecedora benignidad, adquirir la pompa de una especie de cargo oficial: el de institutriz hereditaria de los hijos de alguna Familia Real. La pequeña Aggie tenía una sonrisa tan suavemente esplendorosa como una aurora meridional, y los amigos de su parienta se miraron entre sí, de una guisa habitual en el salón de la señora Brookenham, en generosa comunicación de su impresión venturosa. El señor Mitchett no resultó, pese a ello, sino levemente distraído de su identificación de la oportunidad que la señora Brookenham acababa de señalarle: