La edad ingrata

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—Mi querida duquesa —preguntó sin tardanza—, ¿le importaría aclararme una opinión que acabo de enterarme de que (con marcada originalidad) sostiene usted?

Irguiendo la cabeza, la duquesa contempló un instante a su princesita de marfil y dijo:

—Estoy siempre dispuesta, señor Mitchett, a defender mis opiniones; pero si es cuestión de ahondar mucho en las cosas que son tema de algunas de ellas, quizá sería preferible, si no le importa, escoger una ocasión y un lugar más propicios.

—Ninguna «ocasión», graciosa dama, a tenor de mi impaciencia —replicó el señor Mitchett—, podría ser más propicia que la presente… pero si tiene usted razones para desear un lugar más propicio, ¿qué tal si nos trasladáramos los dos solos, ahora mismo, a otra habitación?

Ante este requerimiento, Lord Petherton prorrumpió en inmediata guasa:

—¡Córcholis, menuda frescura la de este Mitchy!; ¿verdad que no se anda con rodeos, señora Brook? ¿Qué quieres hacer en otra habitación? —le exigió a su amigo—. Esto es excesivo, duquesa, ante las mismísimas narices de quienes…

Sin vacilaciones, la duquesa se prestó al humor de la situación:


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