La edad ingrata
La edad ingrata —A ver, Petherton: de quienes… ¿qué? ¡Lo desafÃo a que complete la frase! —les sonrió a los demás.
—De quienes —dijo milord— se congratulan de que cuando no es debido a una casualidad por lo que te encuentras con ellos en algún sitio, tu primer impulso no es exactamente aferrarte a cualquier pretexto para marcharte a otro sitio distinto. Especialmente —siguió bromeando— en compañÃa de un hombre de tan infame reputación como lo es Mitchy.
—¡Ah! —exclamó ante esto Edward Brookenham, mas sólo como si sintiera un sereno alivio.
—La propuesta de Mitchy no entraña ningún riesgo, puedo garantizarlo —comentó su esposa—, pues ocurre que estoy segura de que en verdad nada podrÃa inducir a Jane a dejar aquà a Aggie cinco minutos entre nosotros sin quedarse ella misma para cuidar de que no nos conduzcamos de un modo indecoroso.
—Pues bien, si ya estamos a punto de llegar hasta ese extremo —volvió a hablar Lord Petherton—, ¿hasta dónde diantres podrÃamos llegar privados de tu vigilancia? Te advierto, duquesa —continuó alegremente—, que si te marchas de la habitación con Mitchy, enseguida voy a volverme peliagudo.