La edad ingrata

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Durante este breve episodio, la duquesa no apartó la mirada de su sobrina, quien recompensó su atención con la dulzura de una transigente docilidad. El origen extranjero de la muchacha estaba tan delicada aunque inequívocamente inscrito en todos sus exquisitos rasgos que su aspecto muy bien habría podido representar el recatado desapego de una persona a quien le resultara desconocido el idioma de sus acompañantes. Después la duquesa echó una mirada en derredor a todos los del grupo:

—Sois todos gente muy extraña y no creo que sepáis de veras lo ridículos que resultáis. Aggie y yo somos humildes personas extranjeras; hay gran cantidad de cosas que no entendemos; pero no por ello nos asustamos fácilmente. ¿En qué aspecto, señor Mitchett —preguntó—, lo he herido en su susceptibilidad?

El señor Mitchett vaciló; por lo visto había tenido tiempo de recapacitar sobre su propio apremio:

—Ya veo lo que trama Petherton, y no estoy dispuesto, llevándomela a usted aparte en este preciso instante, a dejar a su sobrina expuesta a nada que pueda obligar inmediatamente a la señora Brook a sacarla de aquí como alma que lleva el diablo. Pero la próxima vez que yo la encuentre a usted un poco más a solas… vaya —exclamó riendo, aunque no con la más límpida resonancia—, todo lo que puedo decir es: «¡Vaya preparándose, querida duquesa!».


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