La edad ingrata

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—¡Diablos, querida, baja la voz! —Edward Brookenham había tenido el tiempo justo de pronunciar esta advertencia cuando una dama, presentándose en el abierto umbral, siguió inmediatamente al anuncio de su nombre: «¡La señora de Beach Donner!». Naturalmente la impresión fue engorrosa. Todos delataron esto levemente excepto la señora Brookenham, quien, más que los otros, semejó recibir la ayuda de una percatación de que, providencialmente, la visitante no había escuchado nada. Dicha visitante, una mujer joven de notable, de deslumbrante apariencia, quien, al modo de ciertas relucientes puertas y barandillas caseras, instantáneamente daba la sensación de que no debía de andar lejos un letrero que rezara «Recién pintada», se halló, con un desasosiego extrañamente en los antípodas de la notoria luminosidad de su cutis, en presencia de un grupo en el cual sin embargo inmediatamente saltaba a la vista que todos eran amigos suyos. Todos, para mostrar que ninguno había sido pillado en falta, dijeron alguna cosa extraordinariamente afable; de suerte que tras un instante la pobre señora Donner fue la única que, sentada muy próxima a su anfitriona, pareció en alguna medida estar en una posición falsa. Además esto era esencialmente culpa suya, por cuanto resultaba extrema la anomalía de haberse decidido, sin contar con medios de respaldarlo, por un «coloreado» que a efectos prácticos era una declaración de audacia. Irregularmente bella y dolorosamente tímida, estaba retocada, desde la frente hasta la barbilla, como una fotografía de clase media… la moraleja de lo cual era sencillamente que habría debido ora dejar más a la naturaleza, ora tomar más del arte. Prestamente la duquesa se acercó a su pariente con un bisbiseo apagado, un «¡Edward querido, por amor de Dios hazte cargo de Aggie!», y al cabo de unos segundos ya había formado para su propio disfrute en uno de los admirables «rincones» de la señora Brookenham un corrillo integrado por Lord Petherton y el señor Mitchett, el último de los cuales contempló a la señora Donner, desde el lado opuesto de la habitación, con admiración y compasión verbalizadas:


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