La edad ingrata
La edad ingrata —No pasa nada, no pasa nada: ¡tan sólo tiene miedo de sà misma!
La duquesa la escudriñó cual desde un palco en el teatro, confortablemente acomodada, igual que en los viejos dÃas operÃsticos de Nápoles, con un par de acompañantes:
—Sois la nación más interesante del mundo. Una nunca termina de acostumbrarse a vuestra repugnancia hacia la nuance. El sentido de lo adecuado, de la armonÃa entre las partes… ¿qué diantres estáis predestinados a hacer, que, para ser castigados sobradamente por anticipado, habéis sido privados de él desde vuestro mismÃsimo nacimiento? Mirad su vestidito negro, bastante bueno, pero no tan bueno como deberÃa, y, revueltas con todo lo demás, mirad su tipologÃa, su belleza, su timidez, su perversidad, su indecencia y su impudeur. Este paÃs es el único donde una mujer llega a ser al mismo tiempo tan descarada y tan insegura. —El desagrado de la duquesa rebosó—: Si no sabe ser decorosa…