La edad ingrata
La edad ingrata —…¿que al menos aprenda a ser indecorosa? Oh —respondió Mitchy—, la irritación de usted da fe mejor que cualquier otra cosa de nuestro peculiar genio o nuestra peculiar falta de él. Nuestra corrupción es intolerablemente chapucera… si es que puede hablarse de corrupción refiriéndonos a esa encantadora joven, que parece uno de esos cartelones a la última moda sólo que, en un sentido de «malsana modernidad», como dirÃa la señora Brook, más extravagante y gracioso que ninguno que hasta ahora se haya intentado. Recuerdo —continuó— que recientemente la señora Brook me habló de ella calificándola de «desenfrenada». ¿Desenfrenada?… quia, si lo suyo es tan sólo soserÃa echada a perder. Una expresión como ésta es un indicio del estado de disciplina a que la señora Brook nos ha reducido a nosotros, los del resto del grupo.
—De todas formas, la disciplina de la señora Brook no impide que algunos de los del resto del grupo sean horribles —declaró la duquesa—. ¿Qué se proponÃa usted hace un momento, en el fondo, pidiéndome que hablara delante de Aggie sobre este asunto tan grave de los riesgos que corre Nanda? —Al siguiente instante, interrumpiéndose a sà misma antes de que pudiese contestar el señor Mitchett, preguntó—: ¿Qué diablos creéis que estará diciéndole Edward a mi hijita?