La edad ingrata

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Brookenham se había acomodado, al lado de la muchacha, sobre un apartado canapé, mas juzgando a partir del semblante de ambos era imposible discernir si entre ellos había circulado alguna palabra. Las maneras de Aggie eran demasiado desarrolladas para dejar vislumbrarlo, y las de su anfitrión no lo suficiente.

—Oh, él es rematadamente cuidadoso —observó tranquilizadoramente Lord Petherton—. Si tú o yo o Mitchy decimos algo ofensivo, seguro que es sin darnos cuenta y sin ninguna intencionalidad especial. ¡Pero el querido Edward lo dice con intencionalidad absoluta…!

—…¿hasta el punto de que, en términos generales, no se atreve a decirlo? —preguntó la duquesa—. Es una bonita descripción de él, teniendo en cuenta que, globalmente, nunca habla. Por consiguiente, ¡cuál no será su intencionalidad!

—¡Edward es impenetrable, es magnífico! —dijo riendo el señor Mitchett—. No conozco un hombre de más profundo entendimiento, y es absolutamente inexpresivo tanto verbal como físicamente. Por regla de tres, si yo soy «horrible», como me llama usted —siguió—, es sólo porque, en todos los aspectos, soy tan brutalmente superficial. Así y todo, a veces ahondo en las cosas, e insisto en saber —espetó nuevamente— a qué se refería usted exactamente cuando le dijo a la señora Brook, respecto de Nanda, lo que ella me contó.


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