La edad ingrata

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—¿«Insiste» usted, bobalicón? —La duquesa había virado levemente hacia la indulgencia—. Si me hace el favor, ¿qué clase de derecho tiene usted, en lo concerniente a este asunto, para hacer nada semejante?

Sólo por un momento el pobre Mitchy evidenció sentirse reprobado, e inquirió:

—¿Quiere decir que cuando una muchacha apreciada por un individuo lo aprecia a éste tan poco en correspondencia…?

—No quiero decir nada —repuso la duquesa— que pueda inducirlo a usted a suponerme lo bastante vulgar y odiosa como para intentar despojarlo de esperanzas en lo referente a una criatura sumamente atractiva y desdichada; y, por ahora, no entiendo (¡aunque estoy segura de que no tardaré en averiguarlo!) qué se propone nuestra amiga cotorreándole sobre estos problemas tan pronto como vuelvo la espalda. Petherton puede contarle a usted (me asombra que no se lo haya contado todavía) por qué la señora Grendon, aunque quizá no sea ella misma la rosa, está a todos los efectos, estos días, excesivamente cercana a la misma.

—¡Oh, Petherton nunca me cuenta nada! —La réplica de Mitchy fue enérgica e impacientada, pero evidentemente tan sincera como si no hubiera estado presente el sujeto aludido.


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