La edad ingrata

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IX

—Vete junto a ella sin tardanza; sé simpático con ella: seguro que tienes cantidad de cosas que contarle. Usted quédese conmigo: tenemos que discutir nuestro asuntillo. —La duquesa le dirigió la última de estas órdenes al señor Mitchett mientras el compañero de ambos, obedeciendo la primera y afectado, al parecer, por el indisimulado tono de confianza que había suscitado un nuevo destello de la sonrisa burlona de Mitchy, recibía a la recién llegada en el centro de la habitación antes de que la señora Brookenham hubiese tenido tiempo de acercarse a ella. Sentándose de nuevo rápidamente, la duquesa contempló unos instantes el inexpresivo encontronazo de aquellos recios hermano y hermana; luego, mientras Mitchy volvía a hundirse en su asiento, reanudó la plática—: Ustedes no son, como raza, inteligentes, no son sutiles, no son cuerdos, pero son capaces de ofrecer un aspecto espléndido. Vous avez parfois la grande beauté.

A Mitchy le hizo mucha gracia:

—¿De veras cree usted que Petherton la tiene?

La duquesa no se indignó por aquello:


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