La edad ingrata

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—…¿excepto acudir desesperadamente a consultar a la señora Brook —se ocupó Mitchy de completar la pregunta— sobre la mejor forma de emplearla? Pero mire —agregó de inmediato— lo perfectamente competente para aleccionarla que en este instante parece nuestra amiga. —La anfitriona se había acercado a Lady Fanny con una mano extendida aunque con una vehemencia salutatoria algo matizada por un dulce predominio del desconcierto así como por el hábito, sumamente perceptible en momentos así, de la lánguida pusilanimidad de los lirios. En términos generales nada habría podido ser menos toscamente rutinario que el tipo de acogida que en el salón de la señora Brookenham se le dispensó al peculiar elemento —el elemento de un esplendor físico desprovisto de irregularidades hasta el punto de volver superflua la discusión de cualquier otro elemento— contenido en la presencia de Lady Fanny. Era un lugar donde, en toda ocasión, ante objetos interesantes, los unánimes ocupantes, casi más preocupados por las impresiones ajenas que por cualquier otra cosa, eran propensos más bien a escudriñarse mutuamente con agudeza y disimulo antes que a concentrar sus miradas en el objeto en cuestión. En el caso de Lady Fanny, empero, el objeto en cuestión —y merced a la misma ley que había operado, aunque menos profundamente, cuando entró la pequeña Aggie— obliteró la habitual absorta intercomunicación en modo muy análogo al de una hermosa tigresa domada que a buen seguro tuviera la potestad de secuestrar toda atención. En la manera que la señora Brookenham tuvo de mirarla admirativamente hubo un desesperado abandono pesimista de la idea de poseer algo personal en común. Lady Fanny, magnificente, simple, estúpida, casi alcanzaba la estatura de su hermano, y exhibía una frente insuperablemente baja y un aire de sombría concentración suficientemente corregida por algo en sus gestos que denotaba una ausencia de cualquier propósito. Sus ojos azules eran densos a despecho de ser quizá dos pizcas demasiado claros, y la exuberancia de su cabellera morena, la disposición de cuyos masivos rizos era enteramente obra suya, posiblemente despedía un lustroso fulgor peyorado por la moda actual. Pero lo mejor de ella consistía en ser, con inconsciente heroísmo, insobornablemente ella misma; y la señora Brook y los íntimos de la señora Brook, ¿qué eran, a fin de cuentas, en su generosa entrega a la tarea de percibir, sino una feliz asociación conjurada para animarla a seguir siendo así? La duquesa se sintió movida a la más intensa admiración ante la grandiosa cordialidad sencilla con que Lady Fanny se acercó a la señora Donner, una operación en la cual fue difícil decidir si ella se lució más de lo que hacía un rato se luciera la señora Brook. La pobre señora Donner —que, a diferencia de la señora Brook, no era lo bastante sutil y, a diferencia de Lady Fanny, tampoco era casi demasiado simple— fue la que hizo el peor papel. Dirigiéndose a Mitchy, inmediatamente la duquesa calificó como infinitamente característico que la anfitriona, en vez de dejar escabullirse a una de sus visitantes, las mantuviese juntas mediante alguna suave ingeniosidad y —mientras Lord Petherton, abandonando a su hermana, se reunía con Edward y Aggie en el ángulo opuesto— se sentase entre las dos como si, en prosecución de algún designio personal endiabladamente complejo, hubiera asido la mano de cada una. Naturalmente el señor Mitchett hizo justicia a todos o, al menos, tal como habría podido inferirse de la pregunta que hizo a renglón seguido, deseó no dejar de hacerlo—: Entonces la verdadera impresión de usted, ¿es que Lady Fanny tiene auténtica base…?


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