La edad ingrata
La edad ingrata —…¿para sentir celos de esa repelente personita? Mi estimado Mitchett —siguió la duquesa tras un instante de reflexión—, si es usted tan temerario como para preguntarme en relación con cualquiera de estas cuestiones cuál es mi «verdadera» impresión, se habrá merecido cualquier respuesta que obtenga. —Aparentemente la penalización que se habÃa ganado Mitchy era lo bastante grave para hacer que su compañera vacilara a la hora de infligÃrsela; lo cual le brindó a él ocasión de replicar que acaso la personita no fuese más repelente que cualquier otra, que en la misma habÃa algo que a él más bien le agradaba, y que existÃan muchas maneras distintas en que podÃa hacerse interesante una mujer. Por consiguiente fue esta postrera ligereza lo que terminó por dejarlo inerme—: ¿Quiere decir que usted ha estado compartiendo la vida de Petherton tanto tiempo sin percatarse de que él está angustiadamente preocupado?
—Mi estimada duquesa —sonrió Mitchy—. ¡Petherton arrostra sus preocupaciones con tal impavidez! Son tantas que hace mucho que he dejado de contarlas; y en general me he inclinado a dejar pasar aquellas que no puedo ayudarlo a afrontar. Usted ha hecho, advierto —continuó—, un mejor uso de oportunidades acaso no tan buenas… un uso que en todo caso la habilita para ver más cosas que yo en el significado del enojo que él expresó hace un momento.