La edad ingrata
La edad ingrata Esta última dama, ante esto, posó unos extraños ojos sobre la que acababa de hablar, los cuales tal vez tuvieron algo que ver con un rápido arranque del ingenio de Mitchy:
—Dile de mi parte, por favor (si, como supongo, has venido aquà a preguntarle lo mismo a su madre), que la adoro todavÃa más por mantener contigo unas relaciones tan buenas que me permiten tratarte más asiduamente.
Confundida, la señora Donner se dio a la fuga con una risa nerviosa, dejando cara a cara al señor Mitchett y la duquesa. No habÃan intercambiado palabra las dos damas, y no obstante era como si quedara un vestigio de algo en la mirada de la más madura, mirada que, durante un silencioso instante, se desplazó desde la visitante que se retiraba, de quien se hizo formalmente cargo a la puerta Edward Brookenham, hacia Lady Fanny y su anfitriona, quienes, a despecho de los abrazos de despedida que acababan de darse, habÃan vuelto a sentarse juntas mientras la señora Brook alzaba la vista en exaltada inteligencia.