La edad ingrata

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—¡Huy, no digo que ella no «actúe»! —profirió su interlocutora.

El semblante de la señora Donner exhibió, mientras ahora su propietaria cruzaba la habitación, algo que insinuaba los estragos de una lucha a muerte entre la elegancia artificial y la elegancia natural del mismo.

—Pues bien —dijo Mitchy con decisión mientras percibía aquello—, yo concuerdo con Nanda. —Y mientras le llegaba una ráfaga de irrisión procedente de la duquesa, musitó—: ¡Nada ha ocurrido!

La visitante, como para recompensarlo por una benevolencia que debía de haber intuido mucho más que escuchado desde lejos, se acercó a él con su desmañada audacia:

—El jueves voy a ir a casa de mi hermana, donde se halla Nanda Brookenham. ¿Quieres que le dé algún recado de tu parte?

El señor Mitchett se puso de un color que muy bien habría podido ser mimético, y preguntó:

—¿Cómo puedes siquiera soñar que ella espere recibir algún recado de mi parte?

—¡Oh —dijo la duquesa con una jovialidad que no disipó sino parcialmente su propia aspereza—, la señora Brook le habrá pedido a la señora Donner que le pregunte eso a usted!


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