La edad ingrata

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—Y ¿no puedo enterarme yo? —le preguntó Mitchy a su anfitrión mientras ambos la seguían con la mirada.

—Sí, pero sólo a través de mí. —Vanderbank había vuelto a empujarlo hacia un asiento y miraba alrededor en busca de cigarrillos—. Calla y fuma, que yo te contaré.

Con aire meditabundo, sentado en el sofá, Mitchy recibió lumbre y dijo:

—¿Sabrá ella comprender al señor Longdon? Ella lo tiene todo en el mundo excepto una cosa —agregó—. Que en realidad es sólo media cosa.

Frente a él, Vanderbank encendió su propio tabaco:

—Y ¿cuál es?

—Sentido del humor.

—Oh sí, es una muchacha seria.

Mitchy fumó unos instantes, y dijo:

—Es una muchacha trágica.

Junto al fuego, su amigo contempló un momento la vacía porción de la habitación contigua, después se acercó para darle a la puerta un suave tirón que la dejó casi cerrada.

—Es extraño —dijo mientras retomaba—: eso mismo es lo que yo acabo de decirle al señor Longdon. Pero él no va a someterla a ninguna comedia.


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