La edad ingrata

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—¿Para prepararlo a usted un poco? —Vanderbank casi se sintió culpable—. Entiendo; me habría gustado poder hacerlo… aunque —agregó, risueño— de ese modo, poniéndolo sobre aviso, yo habría podido perderme lo que, si me permite decirlo, me parece uno de los homenajes más conmovedores que jamás he visto rendidos a una mujer. En realidad, sin embargo, ¿cómo podía yo saberlo? Yo nunca conocí a Lady Julia, y usted había recibido por adelantado toda la información de que yo disponía: el retrato (bastante malo, al gusto actual, lo reconozco) y las tres o cuatro fotografías que, junto a él, debió usted de ver en casa de la señora Brook. Estas imágenes debieron de resultar muy semejantes, para usted, a la fotografía que aquí tengo de la nieta. Por supuesto todos nos habíamos fijado en la similitud, pero hacían falta la extraordinaria memoria y la admirable sensibilidad de usted para conjugar todos los detalles.

El señor Longdon reflexionó un momento, pasándose su pañuelo por los ojos:

—Muy cierto, tiene usted razón. Esto es algo que va mucho más allá de cualquier identidad entre imágenes. Pero ¿por qué me dijo usted —añadió con mayor brusquedad— que Nanda no era hermosa?


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