La edad ingrata
La edad ingrata —Es la cosa más extraordinaria del mundo. Sé que es absurdo haberme alterado tanto —sonrió el señor Longdon a través de sus lágrimas—, pero si usted hubiese conocido a Lady Julia lo comprenderÃa. Es ella de nuevo, tal como la conocà por primera vez, vuelta a la vida; y no sólo en los rasgos, la estatura, la tez, los ademanes, sino también en todas las señales y marcas corporales, en todas las miradas de los ojos, sobre todo (¡oh, hasta qué punto!) en el sonido, en el encanto de la voz. —Hablaba lenta y confidencialmente, pero con una intensidad que ahora lo aliviaba: no paraba de moverse en su acceso de emoción. Se desplazaba, en su nerviosismo, suavemente, como presa de un temor sacrosanto: como si, aunque a algunos pasos de distancia, se hallara en presencia de la mismÃsima difunta—: Toda ella es Lady Julia. No tiene ni una traza de su madre. Es algo único: una verdadera resurrección. No le veo trazas de su padre, tampoco: no le veo trazas de nadie más. ¿No se sienten todos maravillados ante ello? —siguió—. ¿Por qué no me lo dijo usted?