La edad ingrata
La edad ingrata —Acaba de privarme usted —dijo Vanderbank riendo— de la posibilidad de expresar educadamente mi asombro ante el hecho de que a usted sà se lo parezca. Pero yo no le dije, le ruego que lo recuerde, nada que restringiera ni un ápice mi agrado ante el curioso carácter del rostro de Nanda. Decididamente siempre he encontrado en él algo que evoca la tipologÃa de la época en que debe usted estar pensando. Es un rostro que no tiene nada de contemporáneo. Es un rostro pintado por Sir Thomas Lawrence…
—¡Es un rostro pintado por Gainsborough! —repuso con brÃo el señor Longdon—. La mismÃsima Lady Julia rediviva.
Claramente, Vanderbank se sentÃa tan conmovido como divertido:
—¡Digamos de una vez por todas que es un rostro pintado por Rafael!
Inmediatamente la mano de su viejo amigo se posó sobre su brazo:
—Es exactamente lo que con frecuencia yo me decÃa pensando en el de Lady Julia.
—La frente está una pizca demasiado elevada —dijo Vanderbank.
—Pero es justamente ese exceso lo que, junto con los exquisitos ojos y la peculiar disposición alrededor de ella del pelo rubio, constituye la gracia personal, constituye la hermosura de la evocadora.