La edad ingrata
La edad ingrata —Cuando hablo de aducir eres incapaz de contestarme —replicó ella plácidamente. Pero le clavó la mirada con su fatigada penetración—: Intentas creer lo que no puedes creer, a fin de encontrar excusas para ti mismo. Y ella hace igual… sólo que menos, pues ella reconoce menos, en general, la necesidad de contar con excusas. Ella es tan grandiosa y tan sencilla.
El pobre señor Cashmore se quedó mirando fijamente:
—¿Más grandiosa y más sencilla que yo, quieres decir?
La señora Brookenham reflexionó:
—No más sencilla, no; pero sà mucho más grandiosa. A decir verdad ella no verÃa, en el caso que imaginas, la necesidad de eso que imaginas.
El señor Cashmore se quedó atónito; aquello era casi crÃptico.
—No te entiendo —declaró.
Viéndolo todo desde oscuras profundidades, la señora Brook escarbó aún más y más hondo:
—¡Hemos hablado tanto sobre ella!
El señor Cashmore refunfuñó como si lo supiera sobradamente:
—¡Vaya si hemos hablado sobre ella!