La edad ingrata
La edad ingrata —Me refiero a nosotros. —Fue fabuloso cómo su énfasis matizó—. También hemos hablado sobre ti… pero claro está que hablamos sobre todo el mundo. —Ella hizo una pausa a través de la cual brilló débilmente un rayo procedente de horas luminosas: la intimidad privada que él, por muy privilegiado que fuese, no podÃa pretender compartir; luego espetó casi con impaciencia—: Nosotros cuidamos de ella: ¡déjanosla a nosotros!
Súbitamente él asumió un aire tan intrigado como para parecer sentirse de veras envidioso, mas procuró librarse de este sentimiento:
—No sé si, pensándolo bien, sois buenos para ella.
Pero la señora Brookenham sà lo sabÃa:
—Ella es justo la clase de persona para quien somos buenos, y lo que le conviene es estar con nosotros cuanto sea posible: simplemente compartir nuestra existencia sincera y condescendientemente, atender a nuestras charlas, sentir nuestra confianza en ella, ser sostenida, ¿no te das cuenta?, por la conciencia de lo que nosotros esperamos de su espléndida tipologÃa, y asÃ, poco a poco, dejar que actúe nuestra influencia. Lo que hace un momento quise decir es que me la imagino perfectamente aceptando lo que tú llamas regalos.
—Pues entonces —inquirió el señor Cashmore— ¿qué más quieres?