La edad ingrata
La edad ingrata Por unos instantes la señora Brook hizo una tregua; pareció a punto de informarlo.
—En cambio no me la imagino, como ya he dicho, viendo la obligación —completó.
—¿La obligación?…
—De dar nada a cambio. Nada de nada. —La señora Brook se mostró taxativa—. ¿La percatación de pequeñas insinuaciones? ¡Nunca!
—Yo no digo que las insinuaciones sean pequeñas —objetó el señor Cashmore.
—Caramba, ella es una gran criatura. ¡Si ella cae…! —La anfitriona se abismó en esa visión, que por fin tenÃa completa ante s×. Ten por seguro que todos nos enteraremos.
—¡Es exactamente lo que me asusta!
—Pues no te asustes hasta que nos asustemos nosotros. Ella caerÃa, por asà decirlo, sobre nosotros, ¿no lo ves?, y —dijo la señora Brook, esta vez con resolución en el ademán negativo de su cabeza— eso no podrÃa ser. Nosotros tenemos que sostenerla; esa es tu garantÃa. Es más bien excesivo —agregó con idéntico incremento de su vivacidad— tener que sostenerte también a ti. No te quepa ninguna duda de que si realmente Carrie flaquea…
—¿Carrie?