La edad ingrata
La edad ingrata —…¿hasta que literalmente uno lo ha matado? —gimió la señora Brookenham—. No puedo creer lo que me cuentas, mi querido amigo: fuiste tú mismo quien originariamente destiló el veneno que corre por sus venas. —Ante esto él se incorporó de un salto como si no pudiese aguantarlo, ofreciendo mientras se poma a caminar por la habitación, empero, una espalda ancha, improcedente, fugitiva, en la cual ella posó su mirada como si se tratase de una prueba de lo atinado de lo que ella misma habÃa dicho—: Si lo echas todo a perder intentando mentirme, ¿cómo voy a poder ayudarte?
Él se habÃa dedicado a contemplar, en su agitación, uno o dos cuadros, pero finalmente se dio la vuelta:
—¿Con quiénes hablas sobre nosotros? ¿Con Petherton y su amigo Mitchy? ¿Con tu adorado Vanderbank? ¿Con tu terrible duquesa?