La edad ingrata

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Pero ello no hizo sino divertirla más:

—¿Se debe tal vez a que yo no demuestro tu pureza?

Lo que él habría podido contestar quedó inespecificado, pues se abrió la puerta tan al mismo tiempo que ella hablaba, que él volvió a ponerse en pie con un sobresalto y el mayordomo, entrando, recibió en pleno rostro aquella pregunta de la anfitriona. No obstante, en la reacción de este empleado ante ello no hubo más que la habitual austeridad:

—El señor Vanderbank y el señor Longdon.

Estos visitantes tardaron algunos momentos en aparecer, y la señora Brook, impertérrita —limitándose a seguir mirando con calma al señor Cashmore desde el sofá—, aprovechó este lapso, según habría podido inferirse, para enmendar cualquier impresión de indebida ligereza producida por su anterior pregunta:

—¿Dónde te viste con Nanda por última vez?

Él escudriñó el umbral para comprobar si alguien podía oírlo, y después contestó:

—En casa de los Grendon.

—¿Así que sueles acudir allá?

—El otro día me trasladé allá desde Hicks para pasar una hora.

—Y ¿estaba Carrie?

—Sí. Fue todo un suplicio. Pero conversé sólo con tu hija.


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