La edad ingrata
La edad ingrata —Sin duda es lo mejor que puedes hacer y es la única razón de que, esta tarde, yo lo haya traÃdo conmigo: para que tuviera mejor suerte en lo relativo a hallarte en casa (fue él mismo quien lo sugirió) que la que ha tenido a solas. En términos generales —agregó Vanderbank— me dedico a cuidar de él.
—Entiendo… y él se dedica a cuidar de ti. —La encantadora desinformación de la señora Brook ya habÃa llegado a observar eso—. Quiere comprobar lo que yo pueda estar haciéndote, quiere salvarte de mÃ. Me detesta a fondo.
No menos intrigado que divertido, Vanderbank se puso cómodo echándose hacia atrás:
—¡No hay nadie como tú: eres verdaderamente magnÃfica!
—Lo soy; y mi capacidad de mirar de frente la realidad y no perder la calma o la sensatez a causa de ello es, como ya sabes, la única cosa en el mundo por la cual pienso relativamente bien de mà misma.
—¡Oh sÃ, ya lo sé, ya lo sé: eres verdaderamente maravillosa!
Durante una breve pausa, la señora Brookenham incrementó su propia sapiencia; y dijo:
—Están pasándoselo bien; ¡el señor Longdon está tomándose a Cashmore con tal seriedad!
—Y ¿con qué está tomándoselo Cashmore a él?