La edad ingrata
La edad ingrata —Vaya que sÃ. —La señora Brook no se sintió desalentada—. Durante este último rato él no me ha hablado de otra cosa. PodrÃa usted decir —continuó— que he sido yo quien lo ha incitado a hablar de ello. Y lo cierto es que lo he incitado, pues el placer de él es una alegrÃa para nosotros. Si usted no puede impedir lo que él siente, ya sabe, tampoco puede impedir lo que nosotros sentimos.
Por unos momentos el rostro del señor Longdon reflejó algo que a duras penas él mismo habrÃa podido suponerla a ella lo bastante aguda para percibir: la lucha entre su auténtica desconfianza hacia ella —fundamentada en la inconsciente violencia que la naturaleza de ella infligÃa sobre todos los recuerdos que él atesoraba de su madre— y su sensación, por otra parte, de que un elevado decoro le exigÃa apreciarla; impulso éste reforzado por su propio interés en Vanderbank, habida cuenta de que no tenÃa más remedio que advertir en la pareja una alianza que en Beccles habrÃa sido difÃcil de explicar.
—Quizá es que no acabo de ver la valÃa de lo que tu marido y tú y yo estamos en situación de hacer por él.
—¿Quiere decir porque él es tan listo de por s�