La edad ingrata

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—Pues —dijo el señor Longdon— seguramente eso es lo que hay en el fondo del orgullo que siento de que se haya hecho cargo de mí. Pienso en los jóvenes de mi tiempo y me doy cuenta de que él comprende más. Pero eso es lo mismo que hacéis todos —suspiró con algo de desvalimiento—. ¡Sois verdaderamente, verdaderamente portentosos!

Ella le salió al paso con una casi exorbitante ansiedad por salirle al paso justamente por donde él quería:

—Yo no comprendo todo, pero procuro abarcar todo cuanto puedo. En Londres ésa es una tarea difícil hoy día, y muchas veces me siento como una artista de circo, con prendas interiores ajustadas de color rosa y sin faldas de ninguna clase, montando media docena de caballos a la vez. Actualmente todos formamos parte de la troupe, supongo —sonrió—, y debemos viajar con el espectáculo. Pero cuando dice usted que somos diferentes —agregó—, piense, a fin de cuentas, en mamá.

El señor Longdon se quedó mirando atónito:

—Es de ella de quien sois diferentes.

—Ah, pero ella tenía un cerebro deslumbrante. No somos más listos que ella.

Él apartó un momento su honrada mirada consciente y exclamó:


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