La edad ingrata
La edad ingrata —¡En el momento presente tal vez basta decir que sois más listos que yo! El otro dÃa me alegré mucho —prosiguió— de conocer a tu hija. Esperaba hallarla contigo hoy.
Aunque la señora Brook consideró aquello, fue sólo durante unos pocos segundos.
—Si mi hija hubiera sabido que iba usted a venir —dijo—, habrÃa estado aquà sin falta. Deseaba tanto complacerlo. —Seguidamente, como su visitante no reaccionara ante estas palabras más que para preguntar si Nanda habÃa salido, ella hubo de reconocer esto como una agravante del fracaso; mas al siguiente segundo insistió—: A usted por supuesto le dará igual, pero está entusiasmada con usted.
La verdad es que al principio pareció darle igual:
—¿Es cierto que tiene dieciocho años? —Esto resultó insólitamente abrupto.
—Déjeme pensarlo. ¿No serán más bien veinte? —respondió audazmente la señora Brook. Volvió al ataque—: Me lo contó todo sobre su entrevista con usted. Yo me mantuve al margen adrede: tenÃa mi intención.
—Y ¿cuál era tu intención?
—Pensé que ella le recordarÃa más a mamá si yo no estaba presente. Pero es una personita que sabe ver. Quizá usted no lo crea, pero ella se dio cuenta.