La edad ingrata
La edad ingrata —Y ¿de qué se dio cuenta? —preguntó el señor Longdon, que no logró, empero, suprimir de su tono una cierta frialdad que de veras despojó de la debida dosis de curiosidad a la pregunta.
La señora Brook no dejó de experimentar el escalofrÃo de esto, pero siempre tenÃa a mano su arrojo:
—Caramba, de que ella no le agrada. —TenÃa a mano el arrojo de avanzar tanto como el de retroceder—: También ella tiene su pequeño puesto en el circo: es la forma en que aquà nos ganamos el pan.
Por unos momentos el señor Longdon no dijo nada y cuando por último habló fue casi con un aparente ánimo de contradicción:
—Ella es tu madre vuelta a la vida.
Durante tres segundos, su anfitriona lo miró intensamente.
—¡Ah, pero con tan grandes desemejanzas! —exclamó—. Se sentirá desengañado —agregó ejecutando un compasivo ademán de negación.
Él miró exclusivamente hacia Vanderbank:
—Muy bien, mis desengaños son asunto mÃo. —Después su mirada retomó—: ¿Ella te contó que no me agradaba?
Fue notable la indulgencia de la visión que la señora Brook tuvo de la simpleza del anciano: