La edad ingrata
La edad ingrata —¿Cómo podemos agradecerle lo bastante a usted, mi querido amigo, su extraordinaria gentileza? —La alusión era vivida, y sin embargo el señor Longdon pareció tan desorientado al respecto, que inmediatamente ella hubo de explicarse—: Quiero decir hacia el querido Van, quien nos ha contado cómo le ha proporcionado usted la gran dicha (a menos que él esté horriblemente equivocado) de permitirle conocerlo a usted de veras. Él es tan gran amigo nuestro que nada tan estupendo puede sobrevenirle sin que ello nos afecte de la misma manera a nosotros. —Ella habÃa avanzado con confianza, mas repentinamente se detuvo—: No me diga que él está equivocado; yo no serÃa capaz de soportarlo. —Apeló al pálido anciano con una belleza que de momento resultó absolutamente juvenil—: ¿No está usted permitiéndole conocerlo… de veras?
Fue extraña la sonrisa del señor Longdon:
—Yo no puedo impedÃrselo. No soy una gran mansión… para dar instrucciones sobre cómo recorrerme. La gentileza es más bien del señor Vanderbank, pues he acaparado, me temo, una gran cantidad de su tiempo.