La edad ingrata
La edad ingrata —Huy, usted no tiene nada excepto, me temo, algunas cosas muy pequeñas: tan pequeñas que difÃcilmente valen la pena de que se moleste en descubrirlas. Nuestro gran contento ante el hecho de que usted haya vuelto con nosotros (aunque sólo sea para echarnos un vistazo y luego abandonamos, en no importa qué consternación, para siempre); nuestra resuelta alegrÃa precisamente ante el hecho de que sea usted tan diferente; el placer que hallamos en hablar sobre usted, y que seguiremos hallando aunque (o quizá tanto más por ello) a usted lo hayamos conocido sólo para no volver a verlo… independientemente de lo que todas estas cosas representen para nosotros mismos, no nos toca a ninguno de nosotros intentar establecer cuánto o cuán poco lo complacerán a usted. Y, aun asà —siguió divagando la señora Brook—, por mucho que podamos decepcionarlo, es inevitable que en nosotros viva alguna pequeña chispa del pasado… pues el pasado es lo único imposible de destruir; el pasado está ahÃ, ¿no le parece?, para hablar por sà mismo y, si hace falta, sólo sobre sà mismo. —Ella calló un instante, pero parecÃa haber aniquilado cualquier capacidad de reacción en él, de tal forma que mientras aguardaba tuvo tiempo para una nueva inspiración. Acaso podrÃa mencionarse ésta sinceramente como la mejor que en conjunto tuvo—: ¿Logrará usted creerlo una vez que se dé cuenta de que sé?