La edad ingrata
La edad ingrata Ella sostuvo la nota tan prolongadamente que al final él contribuyó con un sonido:
—De que sabes ¿el qué?
—Caramba, pues que, comparada con mamá, soy una pobre criatura rastrera. Me refiero —se apresuró a prevenir cualquier protesta puramente cortés que pudiera estorbar su argumentación— a que naturalmente me duele hasta el alma la certidumbre de mi lamentable disimilitud. No es que yo no la vea, ¿se da cuenta? Está ahÃ, evidente por sà misma: la he aceptado impotentemente, pero definitiva y absolutamente. ¿A usted no lo reconfortará eso? —suplicó con tamaña ingeniosidad—. Al menos no puedo torturarlo con ningún parecido a ella, por pequeño que fuese. Comprendo perfectamente lo horrible que para usted serÃa que, con la opinión que se ha formado de mÃ, yo tuviera los preciosos ojos de ella o su aristocrática nariz o la forma de su frente o el color de su pelo. Por extraño que resulte en una hija, no me parezco ni de lejos, y ¿no le parece que el quedar, asÃ, tan apartada de la cuestión puede redimirme un poco ante usted? Claro está —continuó— que para usted el verdadero suplicio es la pobre Nanda… pues en Nanda la disimilitud es tan tremenda como el parecido. ¡Y encima —dijo la señora Brook maravillosamente— ella no lo sabe!