La edad ingrata

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Del rostro del señor Longdon, mientras ella hablaba, se había apoderado un extraño rubor pálido y, cualquiera fuese la opinión, como ella había dicho, que él se hubiese formado de ella, en todo caso era patente que ella no lo había desinteresado. Por lo menos ella había cautivado su atención, para bien o para mal; los brillantes ojos de él se hicieron más brillantes y se abrieron en una mirada atónita que por último pareció caracterizarlo como sumergido en las aguas de un puro pasmo. Al final, empero, él volvió a subir a la superficie, y pareció haber dado, en el fondo de aquel mar, con la perla de la peculiar prudencia que necesitaba:

—Me atrevería a decir que seguramente hay algo acertado en lo que tan extraordinariamente sugieres.

Ella se aferró a aquello como presa de un dulce dolor:

—¿En sencillamente desentenderse de mí?…

Pero ante esto él declaró:

—Jamás me desentenderé de ti.

Ello renovó el temor de ella:

—¿Y no únicamente por ser quien soy?

Él se levantó de su sitio junto a ella, pero apartando de ella la mirada y con su sonrojo intensificado.

—Jamás me desentenderé de ti —repitió.


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