La edad ingrata
La edad ingrata —¡Ah, es usted un ángel! —Con mayor presteza ella se incorporó de un salto, y a estas alturas los otros ya se habÃan puesto en pie—. ¡Lo he logrado, lo he logrado! —exclamó gozosamente para Vanderbank—; el señor Longdon me aprecia, o al menos puede soportarme… le he mostrado el camino; y ya ni siquiera me importa que diga que no se lo he mostrado. —Seguidamente se volvió otra vez hacia su anciano amigo—: Podemos solucionar lo de Nanda: no tendrá usted siquiera que verla. Últimamente ha «bajado», pero podemos volver a subirla. En todo caso sabemos cómo deshacemos de ella: c’est la moindre des choses.
—¡Palabra de honor, protesto —exclamó el señor Cashmore— contra cualquier medida de esa clase! Os desafÃo a «deshaceros» de esa señorita sin deshaceros también de mÃ. Soy uno de los grandes admiradores de Nanda —le anunció alegremente al señor Longdon.