La edad ingrata

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Vanderbank no dijo nada, y el señor Longdon semejó dar a entender que habría preferido hacer ídem: la mirada del anciano habría podido ser una apelación a aquél para que interviniera de una u otra manera, para que demostrara una debida familiaridad —nacida con la práctica e inexistente en él mismo— con el arte de la conversación desarrollado hasta tal punto que lo hace a uno capaz de entusiasmar duraderamente a una dama. El silencio de Vanderbank habría podido, de no ir acompañado por su divertido aire deferente, parecer casi inhumano. Al final el pobre señor Longdon hubo de resignarse a hacerlo lo mejor que supo:

—¿Traerás a tu hija a visitarme? —le preguntó a la señora Brookenham.

—Uhmm, uhmm, buena idea; ¿la traerás a visitarme a mi? —volvió a intervenir el señor Cashmore.

La señora Brook se había limitado a atalayar al señor Longdon con pinta de experimentar sentimientos que desafiaban toda expresión. Éstos sólo se concretaban en la exclamación: «¡Es usted un ángel, un ángel!».

—Yo no necesito pedirte que me la traigas, ¿verdad? —le dijo seguidamente Vanderbank a su anfitriona—. Espero que no te moleste que me jacte ante propios y ajenos del gran honor que hace poco ella me hizo presentándose completamente sola.


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