La edad ingrata
La edad ingrata —¿Completamente sola? ¡Caray, señora Brook! —siguió manifestándose el señor Cashmore.
Fue sólo ahora cuando ella le prestó atención a este último; cosa que por cierto hizo simplemente respondiendo a Vanderbank:
—Ella no fue por ti, me temo…, aunque por supuesto podrÃa hacerlo; fue porque le habÃas prometido su presencia al señor Longdon. Pero mi deber es no concederle mayor importancia al hecho de que ella vaya a visitarte (y esperar que ella tampoco se la conceda) que al de que vaya a llevarle una libra de té, como a veces hace, a su antigua nodriza o a leerles a las ancianas del asilo. ¡Ojalá nunca tengas menos de que jactarte!
—¡Me gustarÃa que viniera a llevarme una libra de té a mÃ! —retomó la palabra el señor Cashmore—. ¿Acaso para ella yo no tengo bastante de ancianita como para que venga a leerme en casa?
—¿Nanda visita el asilo con frecuencia? —le inquirió el señor Longdon a la señora Brook.
Durante unos instantes esta dama lo tuvo en suspense, el cual tal vez otro par de ojos habrÃa descubierto que era compartido en cierta medida por Vanderbank.
—Todos los viernes a las tres.
Con un repentino giro, Vanderbank se desplazó lentamente hasta una de las ventanas, y ni corto ni perezoso el señor Cashmore tuvo una afortunada remembranza: