La edad ingrata
La edad ingrata —No sé qué extraño influjo ejerce usted sobre mÃ: ¡en casa nunca fumo tantÃsimo! —Pero se puso a fumar a chupadas cortas y, estando sentado tan próximo a Vanderbank, puso su propia mano sobre el hombro de éste como para ayudarse a expresar algo demasiado delicado para sacarlo a la luz y sin embargo demasiado importante para guardárselo—. Ahora bien, ésa es la clase de cosa a que me referÃa… como una de mis impresiones. —Vanderbank siguió desorientado, y él continuó—: Aludo (si no le importa que lo diga) a lo que usted ha dicho hace un momento.
Vanderbank cobró conciencia de un profundo deseo de sonsacarle lo que quiera que fuese que acechara dentro de él: asà de perceptible resultaba, extrañamente, que lo que quiera que hubiese de bueno dentro de él era asimismo enteramente personal. Mas nuestro joven amigo hubo de meditar unos instantes:
—Entiendo, entiendo. Nada es más probable que yo haya dicho alguna bellaquerÃa; pero ¿cuál de mis precisas atrocidades?
—Pues bien, haber insinuado que ella rebaja la edad de su hija…