La edad ingrata
La edad ingrata —…¿para hacer otro tanto con la suya propia? —Vanderbank lo afrontó abiertamente—: ¿Ha sido una bellaquerÃa hacer eso? Entiendo, entiendo. SÃ, sÃ: puede decirse que la he puesto al descubierto, y a usted le parece chocante (y es encantador que deba parecérselo) porque usted pertenece, desde todo punto de vista, a una tradición mejor y, sabiendo que la señora Brookenham es amiga mÃa, no puede concebir que uno le haga a una amiga una jugarreta tan vulgar y odiosa. Además probablemente usted imagina que es el tipo de cosa que debemos de estar haciéndonos constantemente unos a otros: le da la impresión de que, a diestra y siniestra, probablemente, nunca nos cansamos de hacemos jugarretas. Bien, pues seguramente es asÃ. SÃ, «si nos paramos a reflexionarlo», como dicen en Norteamérica, eso es lo que hacemos. Pero ¿qué quiere que le diga? A efectos prácticos todos lo sabemos y lo toleramos, y no nos preocupa mayormente. A fin de cuentas, ¿qué es la vida londinense? ¡Un donde-las-dan-las-toman!
—Caramba, y ¿qué hay de la amistad? —preguntó el señor Longdon seria y conmovedoramente, mientras seguÃa asiendo el brazo de Vanderbank como bajo el conjuro de las vividas explicaciones con que habÃa sido obsequiado.
El joven no hizo sino acoger su mirada con aún mayor cordialidad:
—¿La amistad?