La edad ingrata

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—La amistad. —El señor Longdon mantuvo el pleno valor de la palabra.

—Pues —aventuró su compañero— me atrevería a decir que de ningún modo la amistad es en Londres lo mismo que en Beccles. Eso es lo que quiero literalmente decir —agregó corroboradoramente Vanderbank—; en verdad nunca he creído en la existencia de la amistad en las grandes sociedades: en las grandes ciudades y las grandes muchedumbres. Es una planta que requiere tiempo y espacio y aire; y la sociedad londinense es una enorme «aglomeración», como la denominamos elegantemente: una turba asfixiante, opresiva, sudorosa, parlanchina.

—¡Ah, no diga eso de ustedes! —protestó el señor Longdon retirando su mano y con un visible escrúpulo ante el generalizador comentario suscitado.

—¡Sí, sí, digámoslo, por el amor de Dios: dejemos que alguien lo diga, para que sirva de algún provecho, cualquiera que sea éste! Es imposible decir demasiado; es imposible decir bastante. Nadie puede decir nada que yo no esté dispuesto a ratificar.

—Eso demuestra que es cierto que a usted le da igual —repuso penetrantemente el anciano.

—¡Ah, somos irredimibles, si es a eso a lo que se refiere! —dijo riendo Vanderbank.

—¡Le da igual, le da igual! —reiteró su visitante—; y (si puedo ser sincero con usted) no me extrañaría que fuera toda una lástima.


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