La edad ingrata
La edad ingrata —¿Una lástima que me dé igual?
—No deberÃa ser asÃ, no deberÃa ser asÃ. —El señor Longdon hizo una pausa—. ¿Puedo decir todo lo que pienso?
—¡Le aseguro que eso voy a hacer yo! Es usted enormemente interesante.
—Y usted también, si a eso vamos. Es precisamente lo que se me ha metido en la cabeza. ¡Me parece discernir en usted algo…! —Abruptamente dejó inacabado este comentario, empero, para tomar otra dirección—: Recuerdo al resto de la familia de usted, pero ¿por qué yo nunca lo habÃa visto a usted?
—Yo debÃa de estar en la escuela, o en la universidad. Tal vez conoció usted a mis hermanos mayores y menores.
—HabÃa un chico que acudÃa a Malvern con la madre de usted. La frecuenté allà durante tres meses en… ¿qué año fue ése?
—SÃ, ya sé —repuso Vanderbank mientras su invitado procuraba fijar la fecha—. Se trataba de mi hermano Miles. Era endiabladamente inteligente, pero andaba mal de salud el pobrecillo, y lo perdimos a sus diecisiete años. Mi madre alquilaba residencias en lugares como ése y lo llevaba allá: se suponÃa que eso lo beneficiaba.
El señor Longdon habÃa atendido evocándolo nÃtidamente: