La edad ingrata

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—Lamento mucho tener que aguardar. —Depositando el objeto que había estado examinando, el señor Longdon se dio otro paseo por la habitación, y su porte constituyó tal apelación a su anfitrión para que excusara su continua agitación que, desde el extremo de un sofá, este último lo contempló con aprobación—. Hace un instante le dije que conocí a todas las madres, pero habría hecho más honor a la verdad decir a todas las abuelas. —Se detuvo frente al sofá, después hizo un gesto hacia la imagen de Nanda—: Conocí a la de ella. Dio una cifra más baja.

Vanderbank permaneció más bien sin comprender:

—¿La vieja dama? ¿Qué cifra?

Por un instante, el semblante del señor Longdon denotó que tanteaba el camino:

—Me refería a la señora Brookenham. Me contó que su hija sólo tenía dieciséis años.

Ante el tono de esta afirmación, se desbordó el regocijo de su compañero:

—¡Suele hacerlo! Lleva haciéndolo, creo, desde hace uno o dos años.

El señor Longdon se dejó caer en el sofá como bajo el peso de algo repentino y novedoso; luego, desde donde se había sentado, con un pequeño movimiento brusco arrojó al fuego la colilla de su cigarrillo. Vanderbank le ofreció uno nuevo, y mientras él lo aceptaba y lo encendía dijo:


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