La edad ingrata
La edad ingrata —Estoy seguro de que no hace usted nada que no deba. —El señor Longdon todavÃa sostenÃa la fotografÃa y siguió mirándola—: La madre de Nanda me habló sobre ella: me prometió que la próxima vez yo podrÃa verla.
—Debe usted verla; es una gran amiga mÃa.
El señor Longdon continuaba absorto:
—¿Nanda es inteligente?
Vanderbank le dio vueltas a aquello y replicó:
—Vaya, ya me contará usted si se lo parece.
—¡Oh, con una muchacha de diecisiete años…! —protestó el señor Longdon como temeroso de tener que pronunciarse—. ¿Esta, también, tiene diecisiete?
Una vez más Vanderbank reflexionó, y contestó:
—Dieciocho. —De nuevo hizo una tregua, luego espetó—: Bueno, digamos casi diecinueve. Asisto a todos sus cumpleaños —dijo riéndose.
Su compañero se aferró a esa idea:
—¡Palabra de honor que lo mismo me gustarÃa hacer a mÃ! ¿Cuándo es el próximo?
—Aún le queda a usted tiempo de sobra: el 15 de junio.