La edad ingrata

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II

El señor Longdon se acercó hasta ese sitio; la pequeña Nanda estaba introducida en una acristalada madera blanca. La alzó y la sostuvo; durante unos momentos no dijo nada, mas enseguida, por encima de sus lentes, posó sobre su anfitrión una mirada aún más intensa que su escrutinio de la pálida imagen.

—¿Ahora van por ahí regalando sus retratos? —inquirió.

—¿Las muchachas, las candorosas angelitas? Desde luego, a sus amigos queridos. ¿Acaso no lo hacían en tiempos de usted?

El señor Longdon tomó a estudiar el retrato; tras una exhalación de algo entre la suficiencia y la pesadumbre, respondió:

—Nunca lo hicieron conmigo.

—¡Pues ahora puede recibir todos los retratos que quiera! —dijo riendo Vanderbank.

Con la cabeza su amigo ejecutó un lento, extraño ademán negativo:

—¡No los quiero «ahora»!

—¡Aún puede usted hacer con ellas, mi querido señor —insistió Vanderbank en el mismo tono—, todas y cada una de las cosas que yo hago!


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